Cómo crear personajes

Crear un personaje no consiste necesariamente en saberlo todo sobre él antes de empezar a escribir. Podemos decidir dónde nació, qué estudió, cuál es su comida preferida, cómo era su relación con su madre y qué hizo durante las últimas vacaciones y aun así no tener un personaje vivo. También puede ocurrir exactamente lo contrario: escribimos una escena sin conocer apenas a la persona que acaba de aparecer y de pronto hace algo que nos permite comprenderla mucho mejor que diez páginas de información biográfica. Los personajes se construyen a través de decisiones, contradicciones, deseos, maneras de mirar, cosas que hacen y cosas que son incapaces de hacer, pero sobre todo se construyen dentro de la historia. No existen separados de ella. Una mujer puede parecernos generosa hasta que la colocamos en una situación en la que debe elegir entre ayudar a alguien y proteger algo que necesita, del mismo modo que un personaje que creemos cobarde puede sorprendernos cuando aquello que está en juego cambia. Por eso escribir personajes significa también ponerlos en movimiento y observar qué sucede cuando la historia empieza a exigirles cosas. En el Campus Lolita entendemos los recorridos de escritura como espacios para aprender precisamente ese tipo de decisiones literarias. No buscamos una plantilla universal para fabricar personajes eficaces, porque el personaje que necesita una novela puede ser completamente distinto del que necesita otra. Lo importante es comprender qué función tiene, desde dónde lo estamos mirando y qué necesita la lectora para sentir que existe más allá de la información que le damos.

Uno de los errores más habituales al empezar es explicar a los personajes en lugar de permitir que aparezcan. Decimos que alguien es egoísta, inseguro, divertido o controlador y confiamos en que la lectora lo crea, pero la literatura tiene herramientas mucho más poderosas. Podemos colocar a esa persona dentro de una escena y dejar que una decisión, un gesto o una manera de responder nos permita comprenderla sin necesidad de definirla. Eso exige aprender a distinguir entre aquello que sabemos como autoras y aquello que realmente necesita entrar en el texto. El Recorrido Total de Escritura trabaja ese aprendizaje de manera pautada, construyendo herramientas y criterio para que cada escritora pueda entender qué está haciendo y por qué. Para quien ya ha hecho un recorrido literario sólido y quiere convertir la escritura en oficio, el Máster del Campus Lolita permite llevar ese trabajo a un grado de dedicación mucho mayor. Si no sabes qué recorrido corresponde al momento en el que estás, puedes hacer el test para saber cuál es tu camino ahora y empezar por reconocer qué necesitas. También puedes consultar las becas del Campus Lolita si necesitas apoyo económico para acceder a la formación.

Un buen personaje tampoco tiene que resultar simpático ni permitir que comprendamos inmediatamente todas sus motivaciones. Puede incomodarnos, equivocarse, contradecirse e incluso hacer cosas que no entendamos hasta mucho después. Las personas reales tampoco somos perfectamente coherentes y quizá una de las maneras de conseguir que un personaje deje de parecer construido sea permitirle tener zonas que no encajan del todo. Lo importante es que esas contradicciones pertenezcan a alguien concreto y no aparezcan únicamente porque necesitamos mover la trama. A medida que escribimos, además, podemos descubrir cosas que no habíamos previsto. Un personaje secundario adquiere una importancia inesperada, alguien que debía actuar de una determinada manera se resiste cuando llegamos a la escena o comprendemos que hemos construido a una persona únicamente para cumplir una función y necesitamos darle una existencia más compleja. Eso no significa que hayamos planificado mal. Significa que el texto nos está dando información nueva. Crear personajes es también aprender a escucharla. No necesitamos conocerlos completamente antes de escribirlos, igual que nunca conocemos completamente a una persona el día que la encontramos. Podemos acercarnos, observar qué hacen, descubrir qué desean y dejar que cada escena nos revele algo más. Hasta que llega un momento extraño y maravilloso en el que dejamos de sentir que estamos inventando un personaje y empezamos a preguntarnos, con absoluta seriedad, qué haría esa persona ahora.

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