Siempre puedes hacerlo un poco mejor. Trabajar más, cuidar más, aprovechar mejor el tiempo, tener más paciencia, organizarte mejor, estar más disponible, aprender otra cosa, terminar aquello que tienes pendiente. Incluso cuando has hecho muchísimo, tu cabeza encuentra inmediatamente lo que falta. Y quizá desde fuera la exigencia parezca una virtud: eres responsable, cumples, llegas, resuelves y las personas saben que pueden contar contigo. El problema aparece cuando nunca existe un momento en el que puedas decir basta sin sentir que estás fallando. Descansar produce culpa, equivocarte parece imperdonable, pedir ayuda cuesta y cualquier reconocimiento dura poco porque enseguida aparece aquello que todavía podrías mejorar. A veces llevamos tantos años viviendo así que ni siquiera pensamos que nos estamos exigiendo demasiado. Simplemente creemos que esa es nuestra manera de ser. Pero también podemos preguntarnos cuándo aprendimos que nuestro valor dependía de cuánto hacíamos, qué ocurría cuando no cumplíamos las expectativas, quién necesitaba que fuéramos responsables, fuertes o impecables y qué nos decimos ahora cuando no llegamos a todo. Los Recorridos de Sanación del Campus Lolita no buscan enseñarte a esforzarte menos ni convencerte de que abandones aquello que te importa. El Relato Sanador utiliza la escritura guiada para que puedas escuchar la voz que te exige, reconocer de dónde vienen sus criterios y preguntarte cuáles quieres conservar y cuáles quizá ya no necesitas. Porque una cosa es querer hacer algo bien y otra muy distinta vivir sintiendo que nunca has hecho suficiente.
Durante tres meses, un Relato Sanador abre una conversación íntima y autónoma contigo misma, sin interpretar tus textos ni decidir cómo deberías vivir. No necesitas saber escribir ni hacer literatura. Utilizamos el lenguaje para detener palabras que normalmente pasan por nuestra cabeza sin que las cuestionemos: tengo que, debería, no puedo parar, todavía falta, tendría que poder. Al escribirlas podemos empezar a reconocer quién habla, qué miedo aparece detrás y qué creemos que ocurriría si alguna vez no cumpliéramos. Si la exigencia está ocupando demasiado espacio en tu vida pero no sabes desde dónde empezar a mirarla, puedes hacer el test para encontrar tu camino de sanación y descubrir qué recorrido puede acompañarte ahora. La manera en que aprendemos a exigirnos también está atravesada por el mundo en el que vivimos y por eso forma parte del Relato Social, legado del Campus, y del Compromiso del Relato Sanador: vivimos en sociedades que muchas veces confunden el valor de una persona con su productividad y convierten el cansancio en un problema individual aunque las condiciones que lo producen sean colectivas. Dejar de exigirte tanto no significa renunciar a tus objetivos, hacer las cosas de cualquier manera ni dejar de responsabilizarte de tu vida. Puede significar que el esfuerzo deje de ser la medida con la que decides cuánto vales. Que puedas hacer, parar, equivocarte, descansar y volver a empezar sin tener que demostrarte constantemente que mereces ocupar tu lugar. Quizá no necesites exigirte menos en todo. Quizá necesites recuperar la voz que pueda decidir cuándo algo ya es suficiente.
Cuando no puedes dejar de exigirte
Siempre puedes hacerlo un poco mejor. Trabajar más, cuidar más, aprovechar mejor el tiempo, tener más paciencia, organizarte mejor, estar más disponible, aprender otra cosa, terminar aquello que tienes pendiente. Incluso cuando has hecho muchísimo, tu cabeza encuentra inmediatamente lo que falta. Y quizá desde fuera la exigencia parezca una virtud: eres responsable, cumples, llegas, resuelves y las personas saben que pueden contar contigo. El problema aparece cuando nunca existe un momento en el que puedas decir basta sin sentir que estás fallando. Descansar produce culpa, equivocarte parece imperdonable, pedir ayuda cuesta y cualquier reconocimiento dura poco porque enseguida aparece aquello que todavía podrías mejorar. A veces llevamos tantos años viviendo así que ni siquiera pensamos que nos estamos exigiendo demasiado. Simplemente creemos que esa es nuestra manera de ser. Pero también podemos preguntarnos cuándo aprendimos que nuestro valor dependía de cuánto hacíamos, qué ocurría cuando no cumplíamos las expectativas, quién necesitaba que fuéramos responsables, fuertes o impecables y qué nos decimos ahora cuando no llegamos a todo. Los Recorridos de Sanación del Campus Lolita no buscan enseñarte a esforzarte menos ni convencerte de que abandones aquello que te importa. El Relato Sanador utiliza la escritura guiada para que puedas escuchar la voz que te exige, reconocer de dónde vienen sus criterios y preguntarte cuáles quieres conservar y cuáles quizá ya no necesitas. Porque una cosa es querer hacer algo bien y otra muy distinta vivir sintiendo que nunca has hecho suficiente.
Durante tres meses, un Relato Sanador abre una conversación íntima y autónoma contigo misma, sin interpretar tus textos ni decidir cómo deberías vivir. No necesitas saber escribir ni hacer literatura. Utilizamos el lenguaje para detener palabras que normalmente pasan por nuestra cabeza sin que las cuestionemos: tengo que, debería, no puedo parar, todavía falta, tendría que poder. Al escribirlas podemos empezar a reconocer quién habla, qué miedo aparece detrás y qué creemos que ocurriría si alguna vez no cumpliéramos. Si la exigencia está ocupando demasiado espacio en tu vida pero no sabes desde dónde empezar a mirarla, puedes hacer el test para encontrar tu camino de sanación y descubrir qué recorrido puede acompañarte ahora. La manera en que aprendemos a exigirnos también está atravesada por el mundo en el que vivimos y por eso forma parte del Relato Social, legado del Campus, y del Compromiso del Relato Sanador: vivimos en sociedades que muchas veces confunden el valor de una persona con su productividad y convierten el cansancio en un problema individual aunque las condiciones que lo producen sean colectivas. Dejar de exigirte tanto no significa renunciar a tus objetivos, hacer las cosas de cualquier manera ni dejar de responsabilizarte de tu vida. Puede significar que el esfuerzo deje de ser la medida con la que decides cuánto vales. Que puedas hacer, parar, equivocarte, descansar y volver a empezar sin tener que demostrarte constantemente que mereces ocupar tu lugar. Quizá no necesites exigirte menos en todo. Quizá necesites recuperar la voz que pueda decidir cuándo algo ya es suficiente.
