¿Quién cuenta la historia?

Una misma historia puede convertirse en libros completamente distintos dependiendo de quién la cuente. Parece una decisión sencilla hasta que empezamos a escribir y descubrimos que escoger un narrador significa decidir también qué puede saber la lectora, qué permanece oculto, desde qué distancia observamos a los personajes y qué relación tendrá quien lee con aquello que está ocurriendo. Podemos contar una historia en primera persona y quedar encerradas dentro de la mirada de alguien que quizá comprende muy poco de lo que sucede, podemos utilizar una tercera persona muy cercana y acompañar casi físicamente a un personaje o alejarnos y construir una voz capaz de moverse entre distintos lugares, tiempos y conciencias. Ninguna opción es mejor en sí misma. La pregunta es qué necesita ese libro. Muchas veces elegimos el narrador casi automáticamente porque es la forma en la que apareció la primera escena y seguimos durante cien páginas sin volver a preguntarnos si aquella decisión continúa funcionando. Otras veces cambiamos de primera a tercera persona esperando solucionar un problema que en realidad estaba en otro lugar. Aprender a escribir significa entender qué provoca cada elección y poder probar alternativas sin sentir que estamos traicionando la idea original. En el Campus Lolita los recorridos de escritura trabajan precisamente esa capacidad de tomar decisiones desde el texto y no desde una lista de reglas. No existe una voz narrativa adecuada para todas las novelas. Existe una relación concreta entre la historia que queremos contar, aquello que queremos que la lectora experimente y el lugar desde el que decidimos mostrárselo.

El punto de vista no consiste únicamente en escoger entre primera y tercera persona. Dos narradores en primera persona pueden producir libros radicalmente distintos y dos terceras personas pueden encontrarse a kilómetros de distancia entre sí. Importa cuánto sabe quien cuenta, cuándo lo sabe, qué interpreta, qué decide ocultar, qué cosas no puede ver y hasta qué punto la narración está contaminada por su manera de comprender el mundo. También importa qué queremos que ocurra con la lectora. Quizá necesitamos que sepa algo que el personaje desconoce y sienta la tensión de verlo avanzar hacia ello, o quizá queremos exactamente lo contrario: que descubra la verdad al mismo tiempo que él. El Recorrido Total de Escritura permite aprender estas herramientas de manera pautada y, sobre todo, entenderlas dentro del conjunto de decisiones que construyen un texto. Para quien ya ha hecho un recorrido literario sólido y quiere convertir la escritura en oficio, el Máster del Campus Lolita propone un trabajo mucho más inmersivo y una dedicación mucho mayor. Si no sabes todavía en qué punto estás o qué recorrido necesitas, puedes hacer el test para saber cuál es tu camino ahora y empezar por situarte. También puedes consultar las becas del Campus Lolita si necesitas apoyo económico para acceder a la formación.

A veces solo comprendemos quién debía contar una novela después de haber escrito muchas páginas desde el lugar equivocado. Puede parecer tiempo perdido, pero no necesariamente lo es. Esas páginas nos han permitido conocer la historia y descubrir qué estaba quedando fuera. Quizá empezamos con la protagonista y comprendemos que el personaje verdaderamente interesante es quien la observa, quizá escribimos desde una voz omnisciente y descubrimos que el libro gana intensidad cuando reducimos la información, o quizá llevamos meses encerradas en una única conciencia y de pronto entendemos que la novela necesita varias miradas para mostrar aquello que queremos contar. Cambiar de narrador puede obligarnos a reescribir muchísimo, pero también puede abrir el libro de una manera que ninguna corrección pequeña habría conseguido. Por eso conviene dejar de pensar en el punto de vista como una elección técnica que hacemos al principio y después olvidamos. Es una decisión que atraviesa cada página. Cada vez que contamos algo estamos decidiendo quién puede verlo y desde dónde. Y cuanto mejor comprendemos esa decisión, más posibilidades tenemos de hacer algo fundamental en literatura: no contarle simplemente a la lectora lo que ocurre, sino colocarla exactamente en el lugar desde el que queremos que lo viva.

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