Escribir un diálogo no consiste en reproducir exactamente cómo hablamos en la vida real. Si grabáramos una conversación cualquiera y después la transcribiéramos encontraríamos repeticiones, frases que no terminan, explicaciones innecesarias, cambios de tema, silencios y una enorme cantidad de palabras que funcionan perfectamente mientras hablamos pero que sobre una página pueden resultar insoportables. El diálogo literario necesita parecer vivo sin ser una copia de una conversación real. Y ahí empieza una de las dificultades más interesantes de escribirlo. Cuando dos personajes hablan no solo intercambian información. Quieren algo, esconden algo, intentan acercarse, protegerse, convencer, evitar una pregunta o conseguir que la otra persona entienda algo que quizá no saben decir directamente. Una conversación puede tratar aparentemente sobre quién va a comprar el pan y estar contando al mismo tiempo que una pareja está a punto de separarse. De hecho, muchas veces los diálogos más interesantes aparecen precisamente cuando los personajes no dicen aquello de lo que realmente están hablando. En el Campus Lolita entendemos los recorridos de escritura como un aprendizaje de decisiones literarias y el diálogo es un lugar magnífico para comprenderlas, porque cada frase obliga a preguntarnos quién está hablando, qué quiere conseguir, qué sabe de la otra persona y qué necesita escuchar la lectora sin que tengamos que explicárselo todo.
Uno de los problemas más habituales al empezar a escribir diálogos es utilizarlos para transmitir información que los personajes ya conocen. Dos hermanas se dicen «desde que murió nuestro padre hace diez años» únicamente porque necesitamos que la lectora sepa cuándo murió, o una persona explica a su pareja algo que ambas conocen perfectamente para introducir antecedentes de la historia. La información llega, pero la conversación deja de parecer una conversación. Aprender a escribir significa encontrar maneras de integrar aquello que la lectora necesita saber sin convertir a los personajes en portavoces de la autora. El Recorrido Total de Escritura permite trabajar herramientas como esta dentro de un aprendizaje mucho más amplio, porque un diálogo no puede separarse del personaje, del punto de vista, de la escena, del ritmo ni de la información que estamos administrando. Para quien ya ha hecho un recorrido literario sólido y quiere convertir la escritura en oficio, el Máster del Campus Lolita lleva el trabajo literario a un grado de inmersión y dedicación mucho mayor. Si quieres aprender pero no sabes qué recorrido corresponde a tu momento, puedes hacer el test para saber cuál es tu camino ahora y situarte antes de decidir. También puedes consultar las becas del Campus Lolita si necesitas apoyo económico para acceder a la formación.
Un buen diálogo tampoco necesita estar lleno de frases brillantes. Si todos los personajes hablan de manera ingeniosa, precisa y memorable, pronto empezarán a sonar como una única persona. Cada personaje tiene una relación distinta con las palabras. Hay quien habla demasiado cuando está nerviosa y quien apenas responde, quien pregunta para no tener que explicar nada sobre sí misma, quien utiliza el humor para escapar de una conversación y quien dice exactamente aquello que sabe que hará daño. La manera de hablar también construye personaje y por eso no necesitamos explicar después todo lo que ya hemos conseguido mostrar mientras hablaba. Además, un diálogo está hecho tanto de palabras como de silencios. Una pregunta que no recibe respuesta puede tener más peso que una página entera de conversación. Una persona puede tardar demasiado en contestar, cambiar de tema, mirar hacia otro lado o seguir haciendo algo mientras la otra espera. Escribir diálogos significa aprender a escuchar todo eso y decidir qué debe llegar a la página. No necesitamos reproducir una conversación completa, sino encontrar aquello que contiene tensión, modifica una relación, revela algo o hace avanzar la escena. Cuando funciona, la lectora deja de sentir que la autora está proporcionándole información y empieza a tener una sensación mucho más poderosa: la de estar allí, delante de dos personas que hablan, entendiendo incluso aquello que ninguna de las dos se atreve a decir.
