La paciencia en la escritura

La paciencia

Hay una palabra que casi ha desaparecido de la conversación sobre la escritura: paciencia. Hablamos de creatividad, de talento, de inspiración, de estructura, de voz, de estilo, pero casi nunca hablamos de la paciencia, cuando probablemente sea una de las herramientas más importantes de una escritora. No me refiero a la paciencia de esperar a que lleguen las ideas. Esa no depende de nosotras. Hablo de otra mucho más difícil: la paciencia de permanecer al lado de un libro cuando todavía no funciona. De seguir escribiendo un personaje que todavía no respira. De aceptar que una escena necesitará cinco versiones antes de encontrar su lugar. De comprender que una novela no crece como una construcción que levantamos siguiendo un plano, sino como un árbol del que nunca podemos tirar para que crezca más deprisa. Vivimos rodeadas de procesos inmediatos y hemos terminado creyendo que todo debería avanzar a la misma velocidad. Sin embargo, la literatura sigue perteneciendo a otro tiempo. Un tiempo donde comprender una historia puede llevar meses y donde descubrir la verdadera voz de un personaje puede ocurrir cuando ya hemos escrito doscientas páginas equivocadas. No son páginas perdidas. Son el camino que hacía falta recorrer para llegar hasta la buena. En Campus Lolita vemos constantemente esa transformación. Personas que llegan convencidas de que no sirven para escribir cuando, en realidad, lo único que les falta es aceptar que una novela necesita un tiempo distinto al que estamos acostumbradas a exigirnos. Por eso el Método Mandarina no enseña únicamente recursos narrativos. Enseña también a sostener un proceso creativo largo, lleno de avances invisibles que muchas veces solo comprendemos cuando miramos hacia atrás y descubrimos que llevamos meses aprendiendo algo que todavía no sabíamos nombrar.

El Recorrido Total Mandarina está construido precisamente desde esa idea. No buscamos terminar una novela cuanto antes, sino acompañar el tiempo que necesita cada libro para convertirse en lo que realmente quiere ser. Algunas autoras escriben deprisa. Otras necesitan detenerse durante semanas. Ningún ritmo es mejor que otro si responde a una necesidad verdadera del manuscrito y no a la ansiedad de llegar al final. Hay personas que todavía no saben cuál es ese ritmo y necesitan conversar antes de empezar. Por eso ofrecemos una orientación gratuita, porque muchas veces el primer aprendizaje no consiste en escribir mejor, sino en dejar de exigirnos una velocidad que pertenece a otros ámbitos de la vida, pero no a la literatura. Lo mismo ocurre con quienes llegan a la escritura buscando comprender una etapa difícil y no necesariamente escribir un libro. Los Programas Sanadores Virtuales utilizan la escritura como un espacio íntimo donde también aprendemos a respetar el tiempo de los procesos personales. Porque comprender una pérdida, una enfermedad, una separación o una herida tampoco sucede de un día para otro. Quizá por eso escribir y vivir se parecen tanto. En ambos casos creemos que avanzamos cuando todo cambia muy deprisa, pero la experiencia acaba enseñándonos otra cosa. Los cambios verdaderos casi siempre ocurren despacio. Tan despacio que, mientras están sucediendo, tenemos la sensación de que no ocurre absolutamente nada. Y, sin embargo, es precisamente ahí, en esa lentitud que tantas veces confundimos con un fracaso, donde las novelas encuentran su voz y las personas encontramos, poco a poco, la nuestra.

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