La voz propia
Hay una frase que escucho muy a menudo: «Todavía no he encontrado mi voz». Siempre me produce una cierta ternura porque detrás de ella suele esconderse un malentendido enorme. Pensamos que la voz es algo que un día aparece de golpe, como si estuviera esperándonos al final de un camino. Creemos que llegará una mañana en la que nos sentaremos a escribir y, por fin, reconoceremos esas frases como definitivamente nuestras. Pero la literatura casi nunca funciona así. La voz no se encuentra. La voz se construye. Y se construye muy despacio, casi siempre sin que nos demos cuenta. Es el resultado de cientos de decisiones pequeñas que una autora toma durante años: aquello que decide mirar y aquello que decide dejar fuera, las preguntas que nunca deja de hacerse, el ritmo con el que observa el mundo, las palabras que prefiere callar antes que explicar demasiado. Por eso dos personas pueden escribir sobre el mismo tema y producir libros completamente distintos. No porque una tenga más imaginación que la otra, sino porque ninguna ha vivido, recordado, dudado o amado exactamente igual. La voz no nace del estilo. Nace de la mirada. El estilo puede aprenderse, mejorarse, corregirse. La mirada tarda mucho más tiempo porque crece al mismo ritmo que la vida. Cada libro leído, cada conversación importante, cada pérdida, cada amistad, cada viaje y cada error van modificando silenciosamente la forma en que entendemos el mundo. Después, casi sin darnos cuenta, esa transformación empieza a aparecer también en la escritura. En Campus Lolita llevamos muchos años comprobando que las autoras dejan de obsesionarse con encontrar una voz precisamente el día en que empiezan a confiar en su manera de mirar. El Método Mandarina no intenta fabricar escritoras que se parezcan entre sí. Todo lo contrario. Nuestro trabajo consiste en acompañar a cada persona hasta que descubre que no necesita parecerse a nadie porque su verdadera originalidad no está en escribir raro ni en buscar una frase brillante, sino en mirar la realidad desde un lugar que solo ella puede ocupar.
Por eso el Recorrido Total Mandarina dedica tanto tiempo a la lectura, a la reescritura y a la conversación. No buscamos una voz espectacular. Buscamos una voz verdadera. Y eso exige paciencia, porque las voces auténticas no aparecen mientras intentamos llamar la atención. Aparecen cuando dejamos de pensar en cómo queremos sonar y empezamos a concentrarnos en comprender aquello que realmente queremos contar. Hay personas que llegan con una novela empezada y otras que solo sienten un deseo confuso de escribir. Para todas ellas ofrecemos una orientación gratuita, porque cada proceso necesita un acompañamiento distinto y ninguna autora debería sentirse obligada a recorrer el mismo camino que las demás. También existen personas que no desean escribir una novela, sino comprender mejor una etapa complicada de su vida. Los Programas Sanadores Virtuales utilizan la escritura precisamente para eso, para encontrar una forma de escucharse con más profundidad, sin la presión de publicar ni de convertirse en escritora. Y resulta curioso comprobar que muchas veces ocurre algo inesperado. Cuando dejamos de perseguir una voz literaria y empezamos simplemente a escribir desde un lugar más honesto, esa voz termina apareciendo sola. Quizá porque nunca estuvo escondida. Quizá siempre estuvo ahí, esperando a que dejáramos de imitar las voces de los demás para empezar, por fin, a confiar en la nuestra.
